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martes, 12 de julio de 2011

La independencia también fue afrodescendiente













Socióloga Esther Pineda G.

La historia pasada de las y los afrodescendientes no ha sido contada, menos aún su historia inmediata; nos dicen que: la historia la cuentan y la escriben los vencedores, sin embargo, es posible cuestionar el hecho de que quienes hasta ahora han contado nuestra historia han sido vencedores, pues para vencer es necesario combatir en condiciones de igualdad.

Los descendientes de africanos a lo largo del proceso histórico social no han tenido esa oportunidad, por ello, la historia que conocemos ha sido definida y transmitida por los hombres, eurodescendientes y detentores de recursos económicos; así mismo, esa historia que desconocemos también ha sido ocultada, invisibilizada y minimizada por ellos.

El proceso histórico latinoamericano, tradicionalmente se constituyó en torno a las premisas establecidas por los europeos quienes monopolizaron el poder político y económico de estas tierras por ellos explotadas. No obstante, el movimiento pre independentista se inicia con los africanos y sus descendientes, como revueltas producto del descontento popular e insatisfacción por las condiciones de vida a la que fueron sometidos, como sublevación ante el orden social establecido cuyo criterio por excelencia fue la explotación y comercialización del otro.

A propósito de la celebración del Bicentenario, se hace necesario visibilizar que el proceso independentista ha sido uno de los múltiples episodios de nuestra historia que fue secuestrado y monopolizado por los descendientes de europeos, quienes se definieron como únicos lideres y héroes del proceso emancipatorio de la dominación esclavista que se gestaba en América.

La independencia de nuestros países latinoamericanos y específicamente de Venezuela ha sido transmitida a través de la historia oficial, escrita y el relato oral como un proceso generado, establecido y desarrollado por los eurodescendientes nacidos en nuestro país, impulsados a liberar a sus habitantes del yugo opresor europeo. Sin embargo, la independencia no persiguió la liberación de todos los individuos constitutivos de la sociedad, por el contrario, quienes exigían el cese del control europeo en América Latina, tuvieron como propósito la exención de su clase social, hacerse acreedores y detentores del poder político, como así mismo, monopolizar los recursos y las ganancias íntegras generadas a partir de su explotación, las cuales hasta el momento se habían mantenido en manos europeas.

No obstante, en el proceso de transmisión de la historia se obvió la contribución, influencia y activa participación de los africanos y sus descendientes, esclavizados o libertos en el proceso de emancipación de los europeos. La resistencia en nuestro continente fue europeizada y masculinizada, el liderazgo, heroísmo y escaso reconocimiento otorgado por una sociedad excluyente fue monopolizada por el varón blanco, la participación de los africanos y sus descendientes en el proceso desarticulador de la autoridad y poder del sistema esclavista fue invisibilizada y distorsionada.

Las mujeres africanas y sus descendientes de la América colonizada y el Caribe también participaron activamente en los alzamientos de esclavos y cimarrones expresión del descontento popular y detonantes de movimientos pre independentistas, se hicieron presentes en las lucha independentistas, en medio de la batalla, el enfrentamiento, tomando las armas, como combatiente, sin embargo, su resistencia fue desvalorizada, como así mismo, reproducida y trasmitida a través de la documentación oficial y el relato oral como intervención protectora de los hombres en batalla, orientada a la preparación de sus comidas, la limpieza, reparación de sus ropas, como de igual forma al servicio del cuidado y atención de sus heridas.

Por esta y múltiples razones es posible afirmar que la independencia no ha concluido; los pueblos de América Latina han buscado la independencia, y algunos de ellos la han conseguido, empero, ha sido una independencia política, territorial, unas pocas veces económica, pero en la cual nuestros países latinoamericanos no han alcanzado una independencia experiencial.

Los descendientes de africanos en América no hemos sido emancipados del yugo colonizador esclavista europeo, hecho a evidenciar al continuar sometidos a una historia y experiencia dominadora, que se ha definido como nuestra pero de la cual hemos sido excluidos, en la cual permanecemos irreconocidos; no obstante, pese a lo que cuenta la historia, la independencia también fue afrodescendiente…

estherpinedag@gmail.com


sábado, 4 de junio de 2011

No me llame negro, dígame afrodescendiente. No me diga afrodescendiente, llámeme negro.

Fulani, 2010

Socióloga Esther Pineda G.

Negra y Afrodescendiente.

estherpinedag@gmail.com

“El ser es lo que los hombres hablan” (Gorgias), es decir, a partir del lenguaje se construye y deconstruye al ser social; de su nominación dependerá su visibilidad y reconocimiento, de su omisión o nominación descalificada su invisibilización y exclusión.

Sin duda, los europeos herederos de una tradición filosófica, bien lo comprendieron, pues efectivamente asumieron que mediante la asignación de un lenguaje discriminatorio sería posible institucionalizar, transmitir y mantener el racismo.

En este contexto el lenguaje sin duda se constituyó como un elemento significativo en el proceso de construcción de una sociedad jerarquizada, instaurándose como elemento de fomento, legitimación e institucionalización de las desigualdades.

De este modo el término “negro/negra”, fue empleado para denominar a las personas africanas secuestradas y esclavizadas, como a sus descendientes (afrodescendientes) nacidos en territorio americano; no obstante, dicha nominación cumpliría una clara y definida función social, la cual sería: diferenciar a todo individuo no europeo, descalificarlo y subordinarlo por el color de su piel.

Así, “lo negro” fue asociado al mutismo, la invisibilidad, la ignorancia, a la noche y en consecuencia a la oscuridad, como lugar por naturaleza inhóspito, desolado, desapacible y lleno de vicios, en efectiva contraposición a lo blanco.

Por ello, no es azaroso que en nuestro lenguaje cotidiano y representaciones iconográficas, “lo negro” se encuentre estrechamente asociado a tipificaciones envilecedoras, vinculado a lo malo, la desgracia, la desdicha, lo perjudicial. El mercado negro (contrabando, venta, distribución o intercambio clandestino e ilegal de bienes y servicios), el jueves negro (desplome de la bolsa de valores de nueva york), humor negro (satirización de situaciones sociales oscuras, dolorosas, polémicas), un futuro negro, gato negro (símbolo de mala suerte), dinero negro (aquel proveniente de actividades delictivas), magia negra (brujería), entre otros; los cuales son sólo una muestra del carácter significantemente vilipendiado de la negritud.

No obstante, el término “negro”, por si mismo, no posee una carga negativa o degradante del sujeto social, por el contrario, sería en el contexto antes descrito donde le fueron atribuidas significaciones negativas y peyorativas sobre la negritud Por ello se hace necesaria la rigurosa diferenciación entre los contenidos simbólicos, como así mismo, la efectiva y eficiente distinción entre las designaciones del sistema racista, pues sin duda no será lo mismo “negro” que “negreado”.

El ser “negreado”, sin duda constituye un acto de diferenciación violenta y excluyente, sin embargo, pese a la injerencia, penetración, e intentos de desarticulación y erradicación de la cultura africana autóctona por parte del europeo esclavista, lo “negro” en nuestras sociedades latinoamericanas y caribeñas permitió la construcción de una identidad, fundamentada en la experiencia racializada común (la descendencia africana, el secuestro y movilización forzada, como su consecuente y aún vigente discriminación a través de la ideología racista).

Por ello debemos ser cautelosos (as) al plantearnos la supresión absoluta del término negro y su sustitución incuestionable por el término afrodescendiente, haciéndose necesario reflexionar si nos encontramos frente una diferenciación liberadora o una resignificación excluyente.

Los esfuerzos de los pensadores(as), lideres(sas) y movimientos afrodescendientes, deberán estar orientados a presentar a los actores sociales el origen de estos contenidos, sus significados, los contexto en los cuales surgieron y se han hecho manifiestos, su carga ideológica, a partir de lo cual este sujeto históricamente oprimido como también el tradicionalmente opresor comprenda la génesis de su situación y pertenencia de clase.

De este modo, la liberación del yugo colonizador que aún nos oprime solo será posible en la medida en que a los actores sociales les sean facilitadas las opciones y herramientas históricamente negadas; permitiendo que el sujeto se encuentre en capacidad de abordar su situación social específica y diferenciada; como además, establecer los criterios para la construcción de su historia, pensamiento e identidad, desde su experiencia, contextos y significaciones que le son cómodos y comunes.

Intentar imponer la afrodescendencia como identidad única y absoluta será un acto trasgresor, similar a la dinámica operativa del europeo esclavista y explotador, degenerando en la profundización de la situación de foráneo social de este grupo socialmente excluido y discriminado.

La afrodescendencia debe presentarse como una invitación, como llamado al conocimiento, la identificación y en consecuencia al autoreconocimiento. De lo contrario, la dignificación de la negritud y la descendencia africana habrá de convertirse en la tiranía de la afrodescendencia.

martes, 19 de abril de 2011

Entrevista a Esther Pineda para América Latina Genera

Compartimos un rato con Esther Pineda, feminista antirracista afrovenezolana. Socióloga por la Universidad Central de Venezuela (UCV) e investigadora y ensayista en las áreas de estudios de la mujer, género y afrodescendencia.


Desde la Convención Internacional sobre la Eliminación de todas las Formas de Discriminación Racial (CERD) y la Declaración y el Programa de Acción de Durban ¿Qué avances puede identificar en América Latina para las mujeres afrodescendientes?

Esta es una sociedad liderada por la ideología del desprecio, en donde la exclusión, el rechazo y la discriminación por razones de género y raza han sido naturalizados y legitimados en el entramado socio-cultural, por eso identificar adelantos en una estructura históricamente inequitativa implica dificultad.

Tradicionalmente cuando nos referimos a la situación de la mujer afrodescendiente en América Latina, es frecuente evocar la “Convención Internacional sobre la eliminación de todas las Formas de Discriminación Racial (CERD)” y la Declaración y Programa de acción de Durban surgido a partir de la “Conferencia Mundial contra el Racismo, la Discriminación Racial, la Xenofobia y las formas conexas de Intolerancia” como los dos grandes momentos, que marcaron un antes y un después para las mujeres afrodescendientes.

Los avances evidenciados en América Latina en lo que respecta la mujer afrodescendiente no son atribuibles a nivel institucional, pues para los estados de la región la mujer afrodescendiente continua sin ser una prioridad.

A partir de CERD y Durban, en lo que implica la realidad de las mujeres afrodescendientes de América Latina y El Caribe es posible identificar como impacto significativo:

La salida del letargo institucional o la superación de la indiferencia internacional frente a la inequidad racista enquistada en nuestras sociedades. El reconocimiento tácito de la insostenible e inocultable existencia de desigualdades y discriminación por motivos raciales y sus manifestaciones a nivel mundial, (de gran relevancia en América Latina al haber sido introducida la negación e invisibilización del racismo mediante la exacerbación del mestizaje y en consecuencia la prolongación de la discriminación a través de un racismo cordial).

También implica un avance el fomento a los estados para el establecimiento de compromisos con la eliminación de todas las formas de discriminación, la definición conceptual explícita del racismo y la discriminación racial, lo cual permitiría al crear un lenguaje común impulsar acciones convergentes. Y el abierto reconocimiento de la experiencia disímil de las mujeres afrodescendientes, pues si bien todas las mujeres comparten la opresión de género, ésta será experimentada de diversas formas y se vera agravada por los denominados dispositivos de desigualdad, en este caso especifico determinada por la pertenencia étnico-racial.

El movimiento feminista tradicional, constituyó para las mujeres afrodescendientes un movimiento divorciado de sus demandas, intereses y experiencias al haber definido como su mayor preocupación la dignificación y autonomización de la mujer burguesa, eurodescendiente y heterosexual. (…) Y los movimientos y colectivos en afro-resistencia han obviado en su lucha los intereses y necesidades de las mujeres afrodescendientes, relegándolos, invisibilizándolos y con frecuencia postergándolos.

Sin embargo, a estos cambios en las concepciones tradicionales sobre el tema solo es posible atribuirles el carácter de avances nominales, iniciativas insuficientes, que no se concretas en mejores prácticas verificables en la experiencia social y cotidiana de las mujeres afrodescendientes.

Los avances evidenciados en América Latina en lo que respecta la mujer afrodescendiente no son atribuibles a nivel institucional, pues para los estados de la región la mujer afrodescendiente continua sin ser una prioridad; hecho evidenciado en la ausencia o deficiencia de políticas, programas y proyectos orientados a la dignificación y vindicación de la mujer afro latina.

Tampoco es posible adjudicarlos a un movimiento feminista tradicional, que constituyó para las mujeres afrodescendientes como un movimiento divorciado de sus demandas, intereses y experiencias al haber definido como su mayor preocupación la dignificación y autonomización de la mujer burguesa, eurodescendiente y heterosexual.

Situación similar seria la manifiesta en el núcleo de los movimientos y colectivos en afro-resistencia los cuales han obviado en su lucha los intereses y necesidades de las mujeres afrodescendientes, relegándolos, invisibilizándolos y con frecuencia postergándolos.

Los objetivos propuestos aún no han sido alcanzados, los retos para con las mujeres afrodescendientes permanecen tan irresueltos como hace tres décadas.

Es por ello que solo es posible reconocer avances ideológicos en la situación de la mujer afrodescendiente en las últimas décadas en América Latina, los cuales además deben ser reconocidos en si misma, pues el desarrollo de la posición socio-cultural de la mujer afro latina es posible encontrarla principalmente en la toma de conciencia de su situación específica de género, de raza y de clase.

Nuestro momento histórico actual se caracteriza por la comprensión, por parte de la mujer afrodescendiente, del conjunto de elementos que contribuyeron a la conformación de una experiencia femenina y racial diferente a la vivenciada por las mujeres eurodescendientes y los hombres afrodescendientes, lo cual le ha permitido la efectiva y eficiente identificación de los prejuicios y estereotipos heredados del pasado y que se constituyen aún como la base para su exclusión del sistema de producción económico, intelectual, artístico y cultural de la sociedad moderna. Estos hechos en su conjunto han impulsado la organización y progresivo fortalecimiento independiente de movimientos de mujeres afrodescendientes en pro de la superación de la desigualdad y vulnerabilidad de derechos humanos a la que históricamente han estado expuestas, realidad que intentan modificar mediante la consolidación y concreción de objetivos, proyectos, exigencias y demandas de participación política y social a través de las cuales será posible la materialización de esos avances prácticos perseguidos y que continúan siendo materia pendiente en la agenda Latinoamericana.

Si bien en América Latina no existen ordenanzas jurídicas segregacionistas y discriminantes de las mujeres afrodescendientes, estas continúan siendo en la cotidianidad mujeres invisibles, para quienes el pleno goce y ejercicio de los derechos políticos y civiles permanecen limitados, al carecer de reconocimiento, representación política y ciudadana. (…) El acceso a la educación, empleo formal, vivienda y salud se mantiene en índices inferiores para las mujeres afrodescendientes en relación a otros grupos de mujeres.

Beijing y Durban son momentos claves para el movimiento de mujeres afrodescendientes. Pero ¿qué retos quedan pendientes para las mujeres afrodescendientes?

Si bien es indudable la importancia de las experiencias de Beijing y Durban para el movimiento de mujeres afrodescendientes, fundamentalmente al haber visibilizado la violencia de la cual han sido víctimas y continúan estando expuestas las mujeres a través de las diversas formas de discriminación, desigualdad y exclusión; así como la consideración de integrar una perspectiva de género en las políticas estratégicas y programas de acción contra el racismo, producto del reconocimiento de la histórica reducción, invisibilización y menoscabo de las libertades, oportunidades y potencialidades de la mujer afrodescendiente, los objetivos propuestos aún no han sido alcanzados, los retos para con las mujeres afrodescendientes permanecen tan irresueltos como hace tres décadas.

Las mujeres afrolatinas han sido y continúan siendo en nuestras sociedades modernas, violentadas por la historia, por una economía capitalista, por un estado esclavista, posteriormente racista, pero en cualquiera que sea su caso, opresor. Si bien en América Latina no existen ordenanzas jurídicas segregacionistas y discriminantes de las mujeres afrodescendientes, estas continúan siendo en la cotidianidad mujeres invisibles, para quienes el pleno goce y ejercicio de los derechos políticos y civiles permanecen limitados, al carecer de reconocimiento, representación política y ciudadana.

En el aspecto socio-económico las mujeres afrodescendientes forman parte del escalafón más bajo de la pirámide social, la pobreza continúa profundizándose y definiéndose cada vez más como una pobreza femiracializada; evidenciándose en el hecho de que el acceso a la educación, empleo formal, vivienda y salud se mantiene en índices inferiores para las mujeres afrodescendientes en relación a otros grupos de mujeres.

Debe constituirse como una prioridad la superación de políticas asistencialistas invalidantes y su sustitución por estrategias de empoderamiento, mediante el fortalecimiento e inclusión de políticas afirmativas y de discriminación positiva capaces de corregir los embates de la inequidad sexista-racista. (…) Otros retos pendientes para las mujeres afrodescendientes es la desarticulación de las elites afrodescendientes que se han arraigado en los movimientos, es necesaria su democratización y diversificación, el reconocimiento de la diversidad de mujeres, la visibilización de sus múltiples y diversas experiencias, la inclusión de las mujeres afrodescendientes obreras, sexo diversas, discapacitadas, que históricamente han sido vulneradas y excluidas del movimiento de mujeres afrodescendientes.

En los medios de comunicación, difusión e información prevalece la promoción de la uniracialidad a través de imágenes estereotípicas e invisibilizadoras de la diversidad; la mujer afrodescendiente se encuentra al igual que en el pasado desposeída de patrones de afirmación identitaria, así mismo, sus posibilidades de acenso social, familiar, económico y personal estarán condicionados por su efectiva adecuación a los rasgos físicos, gestuales, actitudinales y comportamentales de la mujer eurodescendiente, lo cual no solo contribuye a la consolidación del racismo sino también del autodesprecio instigado. Es por ello que se hace necesaria la eficiente superación y trascendencia del discurso de la equidad hacia su consolidación y materialización en acciones prácticas y concretas capaces de modificar la estructura desigual de nuestras sociedades.

Continúa siendo tarea pendiente para los organismos internacionales, los estados latinoamericanos, las organizaciones no gubernamentales y comunidades organizadas, la desnaturalización del rechazo y la discriminación instaurada en la conciencia colectiva; es esencial el fomento de la integración y participación activa de las mujeres afrodescendientes en la toma de decisiones mediante la persecución de una representación partidista y parlamentaria equitativa.

En una América Latina estratificada por género y pertenencia étnico-racial, debe constituirse como una prioridad la superación de políticas asistencialistas invalidantes y su sustitución por estrategias de empoderamiento, mediante el fortalecimiento e inclusión de políticas afirmativas y de discriminación positiva capaces de corregir los embates de la inequidad sexista-racista.

Otro de los retos pendientes para las mujeres afrodescendientes ha de ser la desarticulación de las elites afrodescendientes que se han arraigado en los movimientos, es necesaria su democratización y diversificación, el reconocimiento de la diversidad de mujeres, la visibilización de sus múltiples y diversas experiencias, la inclusión de las mujeres afrodescendientes obreras, sexo diversas, discapacitadas, que históricamente han sido vulneradas y excluidas del movimiento de mujeres afrodescendientes.

Es pertinente, imprescindible e impostergable la resignificación, visibilización y dignificación de su experiencia, el reto hoy día en América Latina es la promoción y lucha por la equidad desde espacios de diferencia.

Se hace necesaria la deconstrucción positiva de estos movimientos tradicionales en pro de una consolidación democratizadora, incluyente y visibilizadora de la diversidad, nos encontramos entonces frente a la necesidad de fortalecimiento de un feminismo afrodescendiente, capaz romper con la estructura tradicional, eurocéntrica y heteronormada del feminismo, pero también requerimos la organización de un movimiento afrodescendiente feminista, capaz de trascender el patriarcado afrodescendiente homofóbico; movimientos en los cuales sea posible la desnaturalización de la desigualdad, invalidación e invisibilización de las mujeres fundamentado en criterios racialistas y sexistas.

En este escenario de lucha de las mujeres afrodescendientes es pertinente, imprescindible e impostergable la resignificación, visibilización y dignificación de su experiencia, el reto hoy día en América Latina es la promoción y lucha por la equidad desde espacios de diferencia.

En un mundo ideal ¿Cómo sería tu cotidianidad como mujer afrodescendientes?

En un mundo ideal no sería necesaria mi proclama de equidad, no necesitaría hablar por ésta mayoría silenciosa, que históricamente ha reclamado y reclaman a gritos desde sus gargantas sin voz la superación de la opresión y la discriminación, pues todas y cada una de las mujeres afrodescendientes tendrían la oportunidad de hablar por si mismas y de ser escuchadas.

Nuestra vida se encontraría exenta de todo ejercicio normativo, caracterizada y liderada por la libertad, por el libre ejercicio de nuestras capacidades creativas y creadoras, artísticas, intelectuales, científicas, tecnológicas; en donde seríamos poseedoras absolutas de la posibilidad de elección de culto, religión o no teismo, una cotidianidad en la que seriamos tomadas en consideración en los diferentes ámbitos de decisión, en donde no tendríamos que exigir y demandar igualdad porque ya la poseemos, en donde no tendríamos que reclamar participación porque ya participamos, en un clima armónico, de respeto, e intercambio productivo.

Una sociedad en donde nosotras como mujeres afrodescendientes tendríamos acceso a los recursos y a los medios productivos sin limitaciones, en la cual no seria necesario depender de las políticas asistencialistas e invalidantes del estado porque la pobreza no constituye nuestra cotidianidad; donde la dignidad prevalezca en nuestras vidas y la de nuestros hijos si decidimos tenerlos pues en este mundo ideal las mujeres afrodescendientes poseemos el control sobre nuestro cuerpo y nuestra salud sexo-reproductiva.

Un mundo además donde seamos libres de elegir y ser elegidas por una pareja de diferente pertenencia étnica-racial como de igual, contraria o diversa orientación sexo-afectiva; en donde sea posible trabajar en lo que queremos, deseamos y destacamos, no en lo que podemos o nos es permitido.

Un mundo ideal en el que las mujeres afrodescendientes somos mujeres empoderadas, en donde nuestra piel, historia y raíces no sean una prisión sino nuestra libertad, un mundo en donde podamos ser nosotras mismas…

Una vida en la que como mujeres afrodescendientes conocemos nuestro origen, en donde nuestra belleza sea dignificada y valorada, un mundo en donde nuestros labios gruesos y cabello rizado no sean motivo de vergüenza y rechazo sino de conexión con nuestra historia y nuestra cultura; en donde las posibilidades de acceso a la educación sea una opción y no un sacrificio.

Un mundo en el que las mujeres afrodescendientes somos mujeres empoderadas, en donde nuestra piel, historia y raíces no sean una prisión sino nuestra libertad, un mundo en donde podamos ser nosotras mismas…

Qué pregunta te gustaría hacerle a la siguiente compañera que comparte este espacio:

Desde su perspectiva, ¿a través de que mecanismo es posible la efectiva superación de la inequidad sexista-racista que afecta a las mujeres afrodescendientes en nuestras sociedades latinoamericanas y por qué?

a) Acción política institucional

b) Educación emancipatoria a largo plazo

c) Organización comunitaria y popular

Ochy Curiel dejó una pregunta para usted:

¿Cuál es la razón por la cual tantas mujeres afrodescendientes que son activistas son tan lesbofóbicas?

Uno de los elementos que podemos considerar como definitorio de la manifestación de lesbofobia dentro de los colectivos afrodescendientes activistas por los derechos de la mujer, puede adjudicarse principalmente a la persistencia de una moral sexual burguesa dentro de dichos movimientos, el prejuicio de la heteronormatividad continúa presente ligado a la imposibilidad de ruptura con los esquemas de una sexualidad caduca y anacrónica; en nuestras sociedades Latinoamericanas ser activista por los derechos de la mujer y la afrodescendencia nunca ha estado vinculado a la defensa de los derechos de las sexo-diversas (lesbianas, bisexuales, travestidas, transexuales, intersexuales), siendo este uno de los hechos que limita el alcance y trascendencia de movimientos emancipatorios de la mujer.

Además de ello, las mujeres afrodescendientes al haber experimentado la desigualdad, exclusión e invisibilización bajo la tiranía del cepo sexista-racista, como así mismo, reconociendo que el sufrimiento, la opresión y la desigualdad han de profundizarse y agravarse por la pertenencia a un determinado grupo racial, económico, político, o preferencia sexo-afectiva, la practica lesbofóbica en mujeres afro-activistas se presenta como un mecanismo de defensa; como evitación del estigma, en ellas históricamente concebidas como sujetas estigmatizadas y estigmatizables, el rechazo a la sexo-diversidad será un instrumento de evitación de la profundización de su opresión y exclusión, como así mismo de mantenimiento del status, reconocimiento y espacios conquistados frente al temor de perderlos por los prejuicios hacia la sexo-diversidad.

Finalmente, en una sociedad organizada en torno a criterios de alteridad categórica, donde se define un otro, por naturaleza diferente y opuesto, como enemigo a soslayar; donde los hombres afrodescendientes han podido ejercer la dominación a través del sexismo, y las mujeres eurodescendientes aunque victimas de la coacción patriarcal podrían afirmar su poder a través del racismo, a la mujer afrodescendiente se le negó la condición de opresora/explotadora, es por ésta razón que es posible considerar la lesbofobia en mujeres afrodescendientes como instrumento de poder; es decir, a través del heterosexismo y la lesbofobia le será posible ejercer la exclusión y opresión que le fue negada.

http://www.americalatinagenera.org

viernes, 4 de marzo de 2011

No todo afrodescendiente es negro

Foto: Nica Guerrero

Socióloga Esther Pineda G

estherpinedag@gmail.com

Si bien podemos considerar como un logro la inclusión de la variable de reconocimiento étnico en el censo de población 2011 de Venezuela, parece imposible no mostrarse escéptico(a) respecto a los posibles resultados erróneos que arroje ésta medición.

En nuestro país el tema de la afrodescendencia se encuentra aún visiblemente vedado e intercepto por el desconocimiento, su consideración en términos políticos, y la negación como producto de la marcada influencia que el mestizaje dejó en el imaginario colectivo.

Así, los diferentes agentes socializadores enseñaron a rechazar “lo negro”, institucionalizándose como “adecuado” reconocerse como mestizo (que acerca un paso más a lo europeo idealizado), antes que reconocerse como descendiente de africano (que aleja del “progreso” alcanzado a partir de la intervención colonizadora).

En una sociedad como la nuestra en la cual producto de una experiencia histórica oligarca al servicio de los intereses colonizadores y por tanto ajenos, como a su vez inserta en una economía capitalista explotadora y denigrante de la diferencia, fuimos inundados con una multiplicidad de imágenes y concepciones distorsionadas sobre África y la africanidad; imágenes e ideas reforzadoras de una ideología del desprecio y del olvido, las cuales posibilitarían el oportuno desvío de atención de las trasgresiones ejercidas contra el pueblo africano y la despiadada explotación de sus recursos.

Estos hechos en su conjunto profundizarían la dificultad y renuencia en nuestro pueblo de reconocerse como afrodescendientes. No obstante, es bien sabido por todos(as) que en la organización jerárquica de nuestra sociedad los más pobres y vulnerables históricamente han sido aquellos más oscuros de piel.

Será por ello que el real auto-reconocimiento de la afrodescendencia en este censo permitirá la emergencia de políticas publicas de diferenciación positiva y reconocimiento en pro de aquellos a quienes históricamente se les hubo negado el acceso a oportunidades sociales; por el contrario, la negativa al auto-reconocimiento de la ascendencia africana por parte de la población de nuestro país tendría como desenlace una década más de exclusión e inequidad.

Ahora bien, sin duda deben ser reconocidas y valorizadas las iniciativas del Instituto Nacional de Estadística (INE) y sus campañas de promoción al auto-reconocimiento, sin embargo, éstas más que ayudar a identificar la afrodescendencia podrían contribuir significativamente a reducirla a la negritud.

Nos proporciona entonces ésta campaña algunos aspectos que pudieran ayudar en el proceso de reconocimiento, entre las cuales hacen referencia como criterios de identificación: tener el cabello rizado, piel fuertemente pigmentada, adhesión a religiones de origen africano, como así mismo, la realización de comidas, cantos, bailes y peinados pertenecientes a ésta tradición.

No obstante, estos elementos solo contribuyen a desorientar más aún al afrodescendiente en proceso de reconocimiento, pues si bien efectivamente éstos son algunos entre múltiples elementos constitutivos de la africanidad no lo son todos.

Producto del proceso de colonización y transculturización que ésta trajo consigo, una gran proporción de afrodescendientes perdieron el vinculo con sus tradiciones, inclusive en la actualidad, muchos de aquellos reconocidos como afro venezolanos desconocen o no hacen práctica activa de la cultura africana, como de igual forma, una gran proporción de individuos ajenos a la cultura africana y a la afrodescendencia han de practicarla; peinados, música y comidas pueden consumirse como producto de la influencia de mercado, o la llamada emergencia de la globalización, sin que implique un verdadero vínculo cultural.

Además, no todo afrodescendiente posee piel fuertemente pigmentada, por ello se hace necesaria la profundización de los esfuerzos y la colocación del énfasis en procesos educativos que permitan al individuo dilucidar y distinguir entre lo que me atrevería a denominar afrodescendencia visible (aquella en la cual los rasgos fenotípicos y pigmentarios de origen africano son explícitos) y la afrodescendencia imperceptible (la de aquellos que poseen un origen africano pero que producto del proceso de mestizaje la visibilidad de sus rasgos y facciones se ha difuminado).

miércoles, 5 de enero de 2011

Año Internacional de la Afrodescendencia

Foto: Pierre Verger

Socióloga Esther Pineda G.

estherpinedag@gmail.com

La declaración del 2011 como el año internacional de la afrodescendencia constituye un tácito reconocimiento del histórico proceso de exclusión, opresión y subordinación de la que ha sido víctima el pueblo africano y sus descendientes en las américas, como consecuencia del establecimiento de un modelo económico mercantilista y la política europea de colonización esclavista.

Es por ello que el 2011 no debe diluirse en celebraciones triviales de lo afro; si bien, bailes, música, comidas, artesanías y vestimentas constituyen un elemento clave de nuestro acervo cultural, no debe erigirse como el núcleo característico y unidimensional de representación de la afrodescendencia, no debe ser un año para la exhibición trivial de lo exótico y lo diferente, ni convertirse en un espectáculo de sujetos(as) negros(as) para espectadores(as) blancos(as).

El año mundial de los y las afrodescendientes debe consolidarse como el escenario y oportunidad para rememorar, visibilizar y transmitir nuestra historia, desconocida por muchos(as), incluso por nosotros(as) mismos. Más que un año para celebrar la afrodescendencia debe ser un año para recordar que la presencia del pueblo africano en el continente no es azarosa, tampoco producto de una actividad turística o una migración voluntaria, es necesario visibilizar como bien diría Fanon, el progresivo “enterramiento de la originalidad cultural” de nuestros pueblos propiciada por el colonialismo.

Así mismo, el énfasis no debe ser colocado solo en la conmemoración de la liberación del yugo colonizador, no podemos dejar pasar por alto el hecho de que ésta independencia se genera como una explosión social en un continente históricamente oprimido, el pueblo se rehúsa a mantenerse sumiso a la arbitrariedad de las colonias francesas, españolas y portuguesas implantadas con el inicio del llamado “tráfico negrero”. Colonización que se apoyó en la ideología del desprecio al hombre negro, con lo cual pretendió justificar la expropiación de sus tierras y la esclavización en su territorio, deshumanizando la africanidad y la afrodescendencia como mecanismo de legitimación de una opresión histórica.

Se hace entonces por ello pertinente, la apropiación de este año por parte del pueblo afrodescendiente, la desarticulación del discurso racista “hegemónico”, y la inclusión de nuestro discurso tradicionalmente concebido como periférico.

El año internacional de la afrodescendencia ha de ser una oportunidad para democratizar la afrodescendencia, el pueblo debe emprender su lucha, tomar conciencia de la necesidad de su autoafirmación y reconocimiento, la lucha afro no puede permanecer como hasta ahora secuestrada en elites afro-académicas, afro-intelectuales, la lucha afrodescendiente debe ser una lucha activamente participativa, al alcance de todos y todas.

Es la oportunidad para hacer propuestas, para hacernos escuchar por los estados, para exigir respuestas a nuestras necesidades de participación política y ciudadana, para demandar la dotación allí donde aún no lo existe de un marco jurídico capaz de reconocer y preservar la diversidad de la cual somos parte, como así mismo orientado a garantizar el efectivo respeto de nuestros derechos humanos tantas veces mancillados.

Un año para el fomento del autoreconocimiento, autoafirmación y participación afrodescendiente en esos espacios históricamente negados, es el momento para comprender y deconstruir esa ideología de desprecio, latrocinio y expoliación a partir de la cual se nos explotó para beneficio y construcción de imperios que aún nos oprimen.

Dependerá de nosotros(as) y de nuestra organización como colectivos, la creación de coyunturas lideradoras de la desalienación de los(as) afrodescendientes en pro de la erradicación del racismo, el endorracismo y la afro-exclusión.

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Esther Pineda G.
Socióloga UCV
Feminista antiracista
Telf: (0416) 217 52 45
Skype: estherpinedag

sábado, 25 de diciembre de 2010

Por una ley contra la discriminación racial

Foto: Leila Saab

Socióloga Esther Pineda G.

estherpinedag@gmail.com

http://estherpinedag.wordpress.com/

Teniendo presente y reconociendo la persistencia de discriminación racial hacia personas de ascendencia Africana en las Américas, la Organización de Estados Americanos (OEA) declaró el 2011 como el año mundial de los afrodescendientes; por ello en vísperas del inicio de éste venidero año se hace oportuno además de necesario, retomar la tantas veces pospuesta discusión sobre los derechos afrodescendientes.

En nuestro país, pese a los intentos del ejecutivo nacional por visibilizar y vindicar la afrodescendencia, dichas iniciativas no han trascendido del discurso, un discurso si bien legítimo, carente de instrumentos jurídicos que lo respalden.

Nosotros, el pueblo afrodescendiente, con presencia urbana, semi-urbana y rural, continuamos siendo forasteros en nuestra tierra, concebidos históricamente como ciudadanos de segunda clase, con deberes sociales, pero sin derechos, donde se nos continúa negando sistemáticamente el acceso y conocimiento de nuestro origen, nuestra historia, lengua y tradiciones; en una sociedad si bien multicultural y pluriétnica, más sin embargo, secuestrada por el pensamiento eurocéntrico, el cual estará en el menor de los casos racializado, en el peor de estos manifestándose racista.

La Constitución de la Republica Bolivariana de Venezuela reconoce los derechos de los pueblos indígenas, “su organización social, política y económica, sus culturas, usos y costumbres, idiomas y religiones”; los pueblos indígenas poseen además expreso derecho a la participación política, “el estado garantizará la representación indígena en la Asamblea Nacional”, no obstante, nosotros (as) afrodescendientes como colectivo aún carecemos del reconocimiento de nuestras tradiciones, como así mismo, de representación parlamentaria, surge entonces la interrogante, ¿es posible entonces avanzar en el proceso de construcción del socialismo del siglo XXI sin la participación directa, legitima y legal de uno de los 3 pilares (Indígena, Afrodescendiente, Eurodescendiente) de la multiculturalidad de nuestro país?

Así mismo, nuestra constitución expresa que: “todas las personas son iguales ante la ley, y en consecuencia: No se permitirán discriminaciones fundadas en la raza, el sexo, el credo, condición social o aquellas que, en general, tengan por objeto o por resultado anular o menoscabar el reconocimiento, goce o ejercicio en condiciones de igualdad, de los derechos y libertades de toda persona”, además de ello estipula que “la ley garantizará las condiciones jurídicas y administrativas para que la igualdad ante la ley sea real y efectiva; adoptara medidas positivas a favor de personas o grupos que puedan ser discriminados, marginados o vulnerables; protegerá especialmente a aquellas personas que por alguna de las condiciones antes especificadas, se encuentren en circunstancias de debilidad manifiesta y sancionara los abusos o maltratos que contra ellas se comentan”

Sin embargo estas políticas positivas a favor del pueblo afrodescendiente son aún inexistentes, medidas además imprescindibles en una sociedad en donde el racismo dirige nuestras vidas, delimitando sistemáticamente nuestras posibilidades de acceso al trabajo, a la formación académica, a la cultura, la producción de los medios de subsistencia, pero también limitando y condicionando nuestros vínculos o filiaciones sexo-afectivas, al encontrarse también la selección del objeto amoroso racializado, o lo que en la cotidianidad será llamado “el drama de la interracialidad”.

De esta forma, en nuestras sociedades se ha naturalizado, arraigado e impunizado en el entramado social la opresión y el rechazo, pero también la violencia, y la agresión, física, verbal, psicológica y simbólica, contra toda persona racialmente diferente, fundamentalmente contra el visiblemente afrodescendiente, el cual será definido y categorizado a partir de los criterios de la lógica de la exclusión como desigual e inferior, requisitos por demás que le permitirán engrosar las filas de las victimas de la inequidad racista.

Este tipo de agresión gozara de aceptación, y permisividad social al no existir en nuestros país instrumentos jurídicos capaces o tendentes a sancionar el racismo, es decir, aquellas conductas, prácticas, lenguaje y manifestaciones discriminatorias a razón de raza y/o etnia, hecho que habrá de consolidar una total indefensión y desprotección jurídica del individuo.

Continuamos estando a merced de la opresión y exclusión capitalista eurocéntrica por lo cual es impostergable la promulgación de instrumentos jurídicos capaces de garantizar aquello expreso en la constitución de la república, la cual solo podrá concretarse en una ley contra la discriminación racial, ya existente algunos países de nuestra América Latina en efectiva y eficiente correspondencia a la demanda social, como de igual forma en respuesta a los cambios y retos que enfrentan nuestras sociedades modernas en la lucha por la igualdad.

lunes, 8 de noviembre de 2010

Cuando la violencia es el mestizaje

Mestizaje de Oswaldo Guayasamin
A propósito de las discusiones generadas a partir del 12 de octubre y la politización de las nominaciones atribuidas a esta fecha, se hace necesaria la reflexión sobre algunos elementos. La idea del mestizaje en América Latina y más específicamente en nuestro país se introdujo y constituyó como un instrumento invisibilizador del extermino genocida ejercido por los europeos en contra de las civilizaciones de nuestra América.

Si bien es cierto que nuestra población se constituye de mestizos (vale acotar que fundamentalmente en los sectores más desposeídos, pues sin duda las auto reconocidas como élites se han cuidado lo suficiente de manchar “su pureza racial”) éste es y fue un mestizaje violento, violentado y violentador; específicamente violentador de las mujeres, indígenas y africanas constituidas en objeto de placer del hombre blanco colonizador.

El 12 de octubre de 1492 se constituye como el momento histórico clave en el cual podemos reconocer el inicio de la expoliación de nuestros recursos, el desplazamiento de nuestras culturas originarias y de la aún ejercida violencia contra nuestros pueblos, pero más aún hacia nuestras mujeres, las cuales continúan arrastrando la secuelas de esa violencia, al seguir siendo las mujeres indígenas y afrodescendientes las más excluidas y violentadas.

Si bien en éstas denominadas sociedades “modernas”, la discriminación exclusión, subordinación y violencia, ha proliferado y extendido, manifestándose en diversas formas, no solo en favores sexuales obtenidos a través de la intimidación, la fuerza y el irrespeto a la voluntad, sino por el contrario en su materialización en prácticas socioculturales y políticas que marginalizaron y profundizaron las precarias y deshumanizantes condiciones de existencia de la mujer, comprendida y definida como diferente e inferior por el colono hombre, blanco, heterosexual, poseedor de riquezas y cristiano.

Es por ello que la pobreza y la inequidad tienen nombre de mujer, para ser más específica, de mujer indígena y de mujer afrodescendiente. En todas las sociedades en donde impera la pobreza, sus mayores exponentes son las mujeres, sin embargo esta pobreza feminizada ha de tener como agravante indudablemente su pertenencia étnica-racial. Si a esto añadimos y reconocemos a las mujeres afrodescendientes e indígenas sexo diversas (lesbianas, bisexuales, transexuales) y obreras, las posibilidades de emancipación, participación y decisión habrán de verse más constrictas.

En el caso de los derechos sexuales y reproductivos, por mencionar una de las tantas aristas de la discriminación, las mujeres indígenas y afrodescendientes tienen mayor riesgo de morir producto del aborto o interrupción voluntaria del embarazo, al haberse constituido éste en privilegio exclusivo de los grupos dominantes, es decir de aquellas mujeres blancas o eurodescendientes con acceso a los recursos económicos.

No basta entonces para erradicar el racismo y la desigualdad por razones de género con el reconocimiento nominal e icnográfico, la burda exposición y exhibición de estos pueblos y mujeres históricamente invisibilizados(as), sin modificar la estructura organizacional de la sociedad en pro del reconocimiento e inclusión participativa; la diferencia necesariamente debe traducirse en oportunidad, en visibilización, en participación, indistintamente de la posición desde la cual comprendamos aquellos hechos del 12 de octubre que aún marcan el destino de nosotras como mujeres.

El reto de nuestras instituciones ha de ser la búsqueda de superación de la discriminación excluyente y los tradicionales criterios asistencialistas del estado burgués caritativista, la sociedad demanda su sustitución por políticas afirmativas, en donde las mujeres se definan como hacedoras de sus realidades y soluciones, mediante el apoyo de un estado y un complejo institucional consolidado como apoyo, acompañante, y creador de condiciones, que en consecuencia permitan la vindicación, protagonismo y participación de las oprimidas, lo cual solo puede lograrse mediante la descolonización, despatriarcalización, descapitalización y desracialización de las relaciones social y del estado.


Esther Pineda G.

estherpinedag@gmail.com

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Estatuto de Igualdad Racial: la continuidad de un racismo cordial

Socióloga Esther Pineda G.

estherpinedag@mail.com

A propósito de la reciente aprobación y entrada en vigencia del estatuto para la igualdad racial en Brasil, se hace pertinente la reflexión sobre este hecho. En Venezuela no somos ajenos a dicha realidad social, dado que más allá de la proximidad territorial con Brasil también compartimos estrechamente una historia de exclusión, sin embargo, parece no haber tenido ningún impacto ni generado discusión ésta ley aprobada en el vecino país. ¿Por qué?

En América Latina, se ha hecho frecuente pensar que los negros son los otros, no nosotros, hemos estado demasiado ocupados intentando blanquear a nuestros paises, de limpiar nuestra sangre de la tragedia africana, tanto, que no nos hemos percatado de cómo las leyes continúan socavando nuestra unidad como pueblos y nuestras oportunidades.

Los gobiernos de derecha tradicionalmente al servicio de los intereses de clases y por tanto de raza, promovieron y recibieron gran influjo de extranjeros, preferiblemente blancos, sin restricción alguna; en el caso de Venezuela fundamentalmente durante el gobierno de Pérez Jiménez, en Brasil hasta 1930 cuando Getulio Vargas decide implementar medidas de control y limitación de la entrada de extranjeros al país, no obstante, en otros países algunos gobernantes tuvieron otros métodos de blanqueamiento, entre ellos podemos mencionar Argentina, durante el gobierno de Domingo Sarmiento quien apeló al reclutamiento intencionalmente desproporcionado de negros para ser enviados a la guerra del Paraguay o guerra de la triple alianza lo cual contribuyó al aparente “exterminio” de la población negra en Argentina. “¿qué se hace con esta raza negra odiada por la raza blanca?” (…) “He aquí un nudo gordiano que la espada no puede cortar y que llena de sombras lúgubres el porvenir tan claro y radioso sin eso de la Unión Americana. Ni avanzar ni retroceder pueden; y mientras tanto la raza negra pulula, se desenvuelve, se civiliza y crece. ¡Una guerra de razas para dentro de un siglo, guerra de exterminio, o una nación negra atrasada y vil, al lado de otra blanca, la mas poderosa y culta de la tierra!” Domingo F. Sarmiento (1886)

En Republica Dominicana, bajo la dictadura de Rafael Trujillo se procedió a la aniquilación masiva de negros, principalmente de ascendencia Haitiana residentes en el país “hemos comenzado ya a remediar la situación. Trescientos haitianos son muertos ahora en Bánica. Este remedio continuará” Rafael Trujillo, (1937)

Así, a lo largo y ancho de toda América Latina y el Caribe se nos presenta a la población afrodescendiente como minoritaria; según datos proporcionados por el IBGE en Brasil 49,7% de la población es mayoritariamente blanca, un 42,1% lo constituyen mestizos, zambos, y mulatos, un 7,4% de negros, y apenas un 0,3% de población indígena, sin embargo, en la mayoría de estos países aún carecemos de mecanismos e indicadores que nos permitan aproximarnos a cifras fidedignas sobre la población afrodescendientes, entre ellos podemos considerar Venezuela, Ecuador, México, Argentina, Bolivia.

Es decir, se han institucionalizado instrumentos de invisibilización, exclusión y negación del racismo en América Latina; por ello, no es azaroso que la redacción del estatuto para la igualdad racial recientemente aprobado en Brasil que suprimió las cuotas raciales que otorgaban oportunidades de acceso a instituciones laborales y educativas a personas negras en un 20%, y que excluyó del lenguaje del texto palabras tales como racismo y desigualdad racial estuviese a cargo del senador derechista Demóstenes Torres, considerado uno de los personajes más influyentes del país, fundamentalmente por su militancia en las filas del partido demócrata (DEM) otrora denominado partido del frente liberal (PFL) el cual apoyase de la mano de EE.UU. la dictadura militar instaurada en 1964 hasta 1985.

Demóstenes como buen derechista afirma que mantener una ley de cuotas podría crear controversia y división, ahora bien, ¿más división que la generada por una política derechista históricamente excluyente? ¿Política en cuyo seno apenas 2% de la población afro tenia acceso a la educación superior y la cual incremento en los últimos años a un 12,5% gracias al sistema de cuotas? Según el senador, el estatuto “pretende dar atención a la población más pobre, independientemente de que sean negros, blancos o indios”, sin embargo, parece no haberse percatado de que en Brasil más de la mitad de los pobres son negros, y al menos 3 tercios de la población de las favelas es afrobrasileña.

¿Hasta cuando fingiremos que la pobreza no tiene que ver con el color de piel?

No podemos evadir una realidad social en la cual las relaciones sociales, políticas, económicas y culturales han sido históricamente racializadas. Producto del secuestro y movilización forzosa del pueblo africano hacia nuestro continente, con lo cual se preconfiguró su destino al ingresar como clase social descalificada y donde se naturalizaría su maltrato, exclusión y rechazo, en una organización social piramidal donde la cúspide es blanca y se oscurece hacia la base. Por tanto, la población más oscura con frecuencia es la más empobrecida y expuesta a situaciones de riesgo, en Colombia por ejemplo, 1,8 millones de los desplazados por el conflicto armado son afrodescendientes.

La política racial de Demóstenes estará orientada a garantizar la continuidad de una política excluyente, invisibilizadora de la desigualdad racial existente en el país, pero además, como garante de la continuidad de un racismo cordial el cual puede realizarse eficientemente al filtrarse a través del mito de la armonía racial.

No obstante, para el Presidente Lula, este estatuto de igualdad racial garantizará que desde ahora en el país “no exista ninguna diferencia entre blancos y negros”, sin embargo, ¿no es algo ingenua dicha concepción del presidente sobre un estatuto realizado por uno de los principales partidos de oposición a su gobierno? Parece por el contrario un golpe bajo, un mecanismo generador de descontento en la población de un país donde un 50,6% se reconocen como negros según datos del instituto brasileño de geografía y estadística, y en el cual, posterior a la aprobación del estatuto se han generado manifestaciones de inconformidad, argumentando que el mismo no se corresponde a la propuesta original y derivó en un producto estéril a las necesidades de la comunidad afrobrasileña.

Este hecho en su conjunto es un reflejo no solo de la realidad de las comunidades negras en Brasil, pone en evidencia la situación de los afrodescendientes en toda América Latina. Y así seguimos, viviendo en el continente más diverso, pero también en el que no tolera la diferencia, en la América de todos, pero en la que no somos nadie, donde todos se conocen pero en cuyo mismo lugar nos han invisibilizado…



jueves, 17 de junio de 2010

Estética Imperializada












Somos a la vez participes y espectadores de un complejo societal en el cual las minorías dirigen el destino de las mayorías, donde los patrones occidentales imperan sobre los orientales, y en el cual los criterios de validez y modos organizativos de la norteamérica capitalista intentan liderar el mundo.

Es a propósito de ello que encontramos constantemente sobre el tapete el tema del imperialismo, sin embargo, esta preocupación ha sido circunscrita fundamentalmente a los efectos de un imperialismo político y económico, hemos obviado la diversidad de espacios de la vida social y elementos de nuestra cotidianidad que han sido impregnados sigilosamente por el germen del imperialismo anglosajón.

Entre ellas llama en particular la atención el proceso mediante el cual la estética ha sido imperializada, en la mayoría de los casos pasando desapercibida en las mentes de los hombres y mujeres de nuestras sociedades modernas.

Vivimos constreñidos (as) en un sistema capitalista que dirige, controla y ha alterado la forma en que nos vemos, la forma en que deseamos vernos, es decir, nuestros gustos y deseos. Este hecho profundizará significativamente la desigualdad social existente, legitimando e inscribiendo criterios de discriminación y exclusión que habrán de trascender la subjetividad de la percepción física del otro (a), y que darán paso a la formación de dos nuevas clases sociales, definidas de antemano como antagónicas e irreconciliables: estéticos y no estéticos.

Será así como la tez blanca, el cabello rubio, y los rasgos minuciosamente perfilados ya sea por la mano de la naturaleza o de la cirugía estética, se erigen como los criterios lideradores de la belleza del mundo.


No obstante, dichos criterios prototípicos y estereotípicos a partir de los cuales habrá de definirse “lo bello”, responden a una herencia colonial eurocéntrica que promovió, mediante la imposición, la asimilación e internalización de una estética foránea.

Otrora, la belleza estuvo definida por el equilibrio entre las formas, la armonía y la naturalidad; en la actualidad, el arbitrario consenso de patrones de belleza dividió el mundo en bien (belleza) y en mal (fealdad), promoviendo en un extremo, la aceptación y reconocimiento en quienes se adecuen efectiva y eficientemente a la expectativa estética impuesta, y en quienes no, acentuará las practicas aspectistas[1] y ostracistas[2]; en el contexto de una sociedad hostil que sanciona la naturalidad con rechazo, la renuncia a la homogenización estética con exclusión y la diferencia con repulsión.

Así, la estética imperante, definida como valor supremo de belleza, responde a la lógica de un modo de producción capitalista, deshumanizadora del cuerpo mediante restricciones y modificaciones logradas mediante la sistemática persuasión y sobreestimación ejercida a través de la reproducción y cotidianización de la imagen de estrellas, modelos y cantantes.

El mundo ha perdido su soberanía estética, se ha rendido a una estética imperializada, unidimensional, uniracial, unicultural; orientada a desmantelar las culturas originarias y la diversidad, descalificando e intentando desintegrar la soberanía pluricultural y multirracial de los pueblos, mediante la motivación y promoción de la desestimación y vergüenza de los rasgos y fenotipos hindú, asiáticos, africanos o aborígenes, es decir, de todo aquel no caucásico, lo cual se convertirá inevitablemente en el motor generador de endorracismo al difuminarse los comportamientos y gustos propios de los pueblos.

Ahora bien, esta anulación y neutralización de la diferencia habrá de materializarse en la comercialización especulativa de la estética imperialista, definida como “ley superior”, sin embargo, pese a la comercialización de su ideal de belleza, de colocación de sus productos, cosméticos, peinados, accesorios y la consecuente modificación de nuestros cuerpos de acuerdo a sus criterios de belleza, seguimos siendo dentro de la lógica eurocéntrica y anglosajona, mujeres y hombres provenientes de los no azarosamente llamados por ellos pueblos atrasados, solo se espera que seamos “mejores”, es decir, que causemos menos desagrado.

No obstante, esta problemática va a profundizarse significativamente al ser interceptada por una variable de género; en una sociedad donde el hombre se ha definido como superior y donde han sido monopolizadas por el, las actividades, posiciones de poder y reconocimiento social, la mujer será obligada, cuando menos inducida, apropiarse del esteticismo como mecanismo para acceder al reconocimiento y prestigio que le ha sido históricamente negado.

Será por ello que el culto a lo estético, y la explotación de cualidades de belleza, necesariamente conducirá a una continuidad de la subordinación femenina; al ser su belleza el medio para la conquista, y donde su idea de belleza va a depender de la aprobación del hombre al cual el mercado capitalista pre-configuró sus gustos e instituyó el cuerpo de la mujer como instrumente y objeto de creación y estimulación de reacciones e intereses lúdicos.

[1] Aspectismo: Discriminación por la apariencia.

[2] Ostracismo: Apartar a algún miembro de la comunidad por no ser del agrado o interés de los demás.

Socióloga Esther Pineda G.

estherpinedag@gmail.com

domingo, 16 de mayo de 2010

Feminismo negro, Feminismo afrodescendiente

Socióloga Esther Pineda

estherpinedag@gmail.com

Cuando hablamos de feminismo en su forma abstracta y generalizadora, es habitual asociarlo a la defensa de los derechos de la mujer blanca, heterosexual, clase media; olvidamos los diversos matices que ha de tomar lo femenino, la pluralidad de mujeres, de sus historias, de sus culturas, de sus experiencias, y las posibles maneras en que habrá de expresar su sexualidad.

No existe solo un modelo de mujer, coexisten una infinidad de modos de ser mujer, de ejercer la feminidad y por tanto diversas formas de feminismo.

El feminismo no ha ni habrá de ser solo uno, su comprensión y manifestación en estos términos expresaría así un carácter reductivo, castrante, excluyente y arbitrariamente designado.

El feminismo tradicional se constituye como un feminismo invisibilizador de la mujer afro-descendiente, un feminismo que parece exaltar el proceso de sujeción y coerción a la que ha sido sometida la mujer blanca en nuestras sociedades, pero que a su vez habrá de obviar la explotación, relegación, esclavitud y sub valoración a la cual ha sido expuesta y sometida la mujer afro-descendiente en occidente.

En un continente donde “lo negro” ha sido asociado al mutismo, la invisibilidad, la ignorancia, a la noche y en consecuencia a la oscuridad como lugar por naturaleza inhóspito, desolado y lleno de vicios; se naturalizará la sumisión que le ha sido atribuida a la mujer afro-descendiente, y se le configurará como objeto cosificado de placer para y del hombre blanco, en el contexto de una estructura societal que históricamente la ha marginalizado mediante un constante proceso de exclusión, relegándola a un apartado y reducido espacio de la vida social.

La historia de la mujer afro-descendiente se ha definido de acuerdo a la triada de la opresión: capitalismo, patriarcado y racismo, todos en recíproco apoyo de su mantenimiento y legitimación, en correspondencia a los criterios de explotación, exclusión y apropiación de acuerdo a los que el sistema pre-configuró a la mujer como inferior a lo masculino, y a “lo negro” más aún por debajo de la condición de ser mujer.

Es por ello que la mujer afro-descendiente en nuestras sociedades será triplemente explotada, reducida y subordinada; no solo en relación al hombre, al hombre blanco, sino también a la mujer blanca.

Estará subordinada a la mujer blanca como consecuencia de que la mujer negra ha sido definida y se le exige autodefinirse a partir, y en relación al prototipo socialmente establecido de la mujer blanca, no encuentra una referente en si misma, pues todos los agentes socializadores a los que ha sido y es reiteradamente expuesta operan como socializadores del racismo.

Es por ello que sus posibilidades de ascenso social, familiar y personal estarán dispuestas por la efectiva adecuación de la mujer afro-descendiente a los rasgos físicos, gestuales, actitudinales y comportamentales de la mujer blanca.

Siendo entonces necesario descentralizar los modos en que estudiamos y cuestionamos el sexismo, dando espacio a su comprensión en relación a su presencia histórica y cultural; como así mismo, redefiniendo la feminidad desde lo femenino, pero también una feminidad desde “lo negro” mismo.