
Por razones ajenas a nuestra voluntad se suspendió el taller de danza y percusión.
Si bien es cierto que nuestra población se constituye de mestizos (vale acotar que fundamentalmente en los sectores más desposeídos, pues sin duda las auto reconocidas como élites se han cuidado lo suficiente de manchar “su pureza racial”) éste es y fue un mestizaje violento, violentado y violentador; específicamente violentador de las mujeres, indígenas y africanas constituidas en objeto de placer del hombre blanco colonizador.
El 12 de octubre de 1492 se constituye como el momento histórico clave en el cual podemos reconocer el inicio de la expoliación de nuestros recursos, el desplazamiento de nuestras culturas originarias y de la aún ejercida violencia contra nuestros pueblos, pero más aún hacia nuestras mujeres, las cuales continúan arrastrando la secuelas de esa violencia, al seguir siendo las mujeres indígenas y afrodescendientes las más excluidas y violentadas.
Si bien en éstas denominadas sociedades “modernas”, la discriminación exclusión, subordinación y violencia, ha proliferado y extendido, manifestándose en diversas formas, no solo en favores sexuales obtenidos a través de la intimidación, la fuerza y el irrespeto a la voluntad, sino por el contrario en su materialización en prácticas socioculturales y políticas que marginalizaron y profundizaron las precarias y deshumanizantes condiciones de existencia de la mujer, comprendida y definida como diferente e inferior por el colono hombre, blanco, heterosexual, poseedor de riquezas y cristiano.
Es por ello que la pobreza y la inequidad tienen nombre de mujer, para ser más específica, de mujer indígena y de mujer afrodescendiente. En todas las sociedades en donde impera la pobreza, sus mayores exponentes son las mujeres, sin embargo esta pobreza feminizada ha de tener como agravante indudablemente su pertenencia étnica-racial. Si a esto añadimos y reconocemos a las mujeres afrodescendientes e indígenas sexo diversas (lesbianas, bisexuales, transexuales) y obreras, las posibilidades de emancipación, participación y decisión habrán de verse más constrictas.
En el caso de los derechos sexuales y reproductivos, por mencionar una de las tantas aristas de la discriminación, las mujeres indígenas y afrodescendientes tienen mayor riesgo de morir producto del aborto o interrupción voluntaria del embarazo, al haberse constituido éste en privilegio exclusivo de los grupos dominantes, es decir de aquellas mujeres blancas o eurodescendientes con acceso a los recursos económicos.
No basta entonces para erradicar el racismo y la desigualdad por razones de género con el reconocimiento nominal e icnográfico, la burda exposición y exhibición de estos pueblos y mujeres históricamente invisibilizados(as), sin modificar la estructura organizacional de la sociedad en pro del reconocimiento e inclusión participativa; la diferencia necesariamente debe traducirse en oportunidad, en visibilización, en participación, indistintamente de la posición desde la cual comprendamos aquellos hechos del 12 de octubre que aún marcan el destino de nosotras como mujeres.
El reto de nuestras instituciones ha de ser la búsqueda de superación de la discriminación excluyente y los tradicionales criterios asistencialistas del estado burgués caritativista, la sociedad demanda su sustitución por políticas afirmativas, en donde las mujeres se definan como hacedoras de sus realidades y soluciones, mediante el apoyo de un estado y un complejo institucional consolidado como apoyo, acompañante, y creador de condiciones, que en consecuencia permitan la vindicación, protagonismo y participación de las oprimidas, lo cual solo puede lograrse mediante la descolonización, despatriarcalización, descapitalización y desracialización de las relaciones social y del estado.
Esther Pineda G.
Décima, Tambor y Canto from Inés Pérez-Wilke on Vimeo.
En América Latina, se ha hecho frecuente pensar que los negros son los otros, no nosotros, hemos estado demasiado ocupados intentando blanquear a nuestros paises, de limpiar nuestra sangre de la tragedia africana, tanto, que no nos hemos percatado de cómo las leyes continúan socavando nuestra unidad como pueblos y nuestras oportunidades.
Los gobiernos de derecha tradicionalmente al servicio de los intereses de clases y por tanto de raza, promovieron y recibieron gran influjo de extranjeros, preferiblemente blancos, sin restricción alguna; en el caso de Venezuela fundamentalmente durante el gobierno de Pérez Jiménez, en Brasil hasta 1930 cuando Getulio Vargas decide implementar medidas de control y limitación de la entrada de extranjeros al país, no obstante, en otros países algunos gobernantes tuvieron otros métodos de blanqueamiento, entre ellos podemos mencionar Argentina, durante el gobierno de Domingo Sarmiento quien apeló al reclutamiento intencionalmente desproporcionado de negros para ser enviados a la guerra del Paraguay o guerra de la triple alianza lo cual contribuyó al aparente “exterminio” de la población negra en Argentina. “¿qué se hace con esta raza negra odiada por la raza blanca?” (…) “He aquí un nudo gordiano que la espada no puede cortar y que llena de sombras lúgubres el porvenir tan claro y radioso sin eso de la Unión Americana. Ni avanzar ni retroceder pueden; y mientras tanto la raza negra pulula, se desenvuelve, se civiliza y crece. ¡Una guerra de razas para dentro de un siglo, guerra de exterminio, o una nación negra atrasada y vil, al lado de otra blanca, la mas poderosa y culta de la tierra!” Domingo F. Sarmiento (1886)
En Republica Dominicana, bajo la dictadura de Rafael Trujillo se procedió a la aniquilación masiva de negros, principalmente de ascendencia Haitiana residentes en el país “hemos comenzado ya a remediar la situación. Trescientos haitianos son muertos ahora en Bánica. Este remedio continuará” Rafael Trujillo, (1937)
Así, a lo largo y ancho de toda América Latina y el Caribe se nos presenta a la población afrodescendiente como minoritaria; según datos proporcionados por el IBGE en Brasil 49,7% de la población es mayoritariamente blanca, un 42,1% lo constituyen mestizos, zambos, y mulatos, un 7,4% de negros, y apenas un 0,3% de población indígena, sin embargo, en la mayoría de estos países aún carecemos de mecanismos e indicadores que nos permitan aproximarnos a cifras fidedignas sobre la población afrodescendientes, entre ellos podemos considerar Venezuela, Ecuador, México, Argentina, Bolivia.
Es decir, se han institucionalizado instrumentos de invisibilización, exclusión y negación del racismo en América Latina; por ello, no es azaroso que la redacción del estatuto para la igualdad racial recientemente aprobado en Brasil que suprimió las cuotas raciales que otorgaban oportunidades de acceso a instituciones laborales y educativas a personas negras en un 20%, y que excluyó del lenguaje del texto palabras tales como racismo y desigualdad racial estuviese a cargo del senador derechista Demóstenes Torres, considerado uno de los personajes más influyentes del país, fundamentalmente por su militancia en las filas del partido demócrata (DEM) otrora denominado partido del frente liberal (PFL) el cual apoyase de la mano de EE.UU. la dictadura militar instaurada en 1964 hasta 1985.
Demóstenes como buen derechista afirma que mantener una ley de cuotas podría crear controversia y división, ahora bien, ¿más división que la generada por una política derechista históricamente excluyente? ¿Política en cuyo seno apenas 2% de la población afro tenia acceso a la educación superior y la cual incremento en los últimos años a un 12,5% gracias al sistema de cuotas? Según el senador, el estatuto “pretende dar atención a la población más pobre, independientemente de que sean negros, blancos o indios”, sin embargo, parece no haberse percatado de que en Brasil más de la mitad de los pobres son negros, y al menos 3 tercios de la población de las favelas es afrobrasileña.
¿Hasta cuando fingiremos que la pobreza no tiene que ver con el color de piel?
No podemos evadir una realidad social en la cual las relaciones sociales, políticas, económicas y culturales han sido históricamente racializadas. Producto del secuestro y movilización forzosa del pueblo africano hacia nuestro continente, con lo cual se preconfiguró su destino al ingresar como clase social descalificada y donde se naturalizaría su maltrato, exclusión y rechazo, en una organización social piramidal donde la cúspide es blanca y se oscurece hacia la base. Por tanto, la población más oscura con frecuencia es la más empobrecida y expuesta a situaciones de riesgo, en Colombia por ejemplo, 1,8 millones de los desplazados por el conflicto armado son afrodescendientes.
La política racial de Demóstenes estará orientada a garantizar la continuidad de una política excluyente, invisibilizadora de la desigualdad racial existente en el país, pero además, como garante de la continuidad de un racismo cordial el cual puede realizarse eficientemente al filtrarse a través del mito de la armonía racial.
No obstante, para el Presidente Lula, este estatuto de igualdad racial garantizará que desde ahora en el país “no exista ninguna diferencia entre blancos y negros”, sin embargo, ¿no es algo ingenua dicha concepción del presidente sobre un estatuto realizado por uno de los principales partidos de oposición a su gobierno? Parece por el contrario un golpe bajo, un mecanismo generador de descontento en la población de un país donde un 50,6% se reconocen como negros según datos del instituto brasileño de geografía y estadística, y en el cual, posterior a la aprobación del estatuto se han generado manifestaciones de inconformidad, argumentando que el mismo no se corresponde a la propuesta original y derivó en un producto estéril a las necesidades de la comunidad afrobrasileña.
Este hecho en su conjunto es un reflejo no solo de la realidad de las comunidades negras en Brasil, pone en evidencia la situación de los afrodescendientes en toda América Latina. Y así seguimos, viviendo en el continente más diverso, pero también en el que no tolera la diferencia, en la América de todos, pero en la que no somos nadie, donde todos se conocen pero en cuyo mismo lugar nos han invisibilizado…
Café de por medio, en un barcito en Montevideo, Eduardo Galeano comparte con nuestro corresponsal alguna de sus reflexiones sobre de la historia de la lucha y la resistencia negra, del racismo que aun sobrevive y de los dioses que quedaron en el mar.